martes, 27 de octubre de 2009

libro de familia

José Luis, hijo
de Luis y María Luisa
hijo de Aurelio y Esperanza
hija de José y Catalina
José hijo de María y de José
Aurelio hermano de Jesús y de María
hijo de los caballos
hermano de José.

José Luis, hijo
de Luis y María Luisa,
sobrino de Jesús José y María
no puede acreditarlo;
nada dice al respecto
el libro de familia
nº 13-77-137 tomo ciento treinta
pagado pago único julio 76
que firma y certifica
Pedro Arroyo Martín.
Ana y Luis son los hijos
y esto es lo único cierto,
el único pasado
que certifica el libro.

Un funcionario espera
rellenar las casillas
del divorcio o del óbito...
¡Es un libro muy raro!

El libro de familia
apenas dice nada
que interese de veras,

no reseña siquiera a los amigos.

Y mucho menos las ausencias.




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lunes, 26 de octubre de 2009

Pilar

Estabas tumbado y pensabas
paredes desnudas un bambi de trapo
miraba con ojos de muerto va y viene Pilar
deja unas camisas en la estantería sale
vuelve a recoger el trapo de polvos
que se le ha olvidado hablarás un rato
quieres a Pilar que te hace esos rizos
moja tu cabeza esparce limón sobre el pelo

luego te perfuma con Álvarez Gómez
y sale orgullosa contigo a la calle
los taxistas gritan cascorrín riendo
a veces miráis hacia el mirador
y mamá hace señas con un cabezazo
dobláis una esquina ya no está mamá
sólo tú y Pilar y el parque que espera.



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domingo, 25 de octubre de 2009

relente

Si estuvieras conmigo y yo contigo
ahora, con el relente de la cercana costa
mojando la baranda
del balcón, no sé qué nos diríamos.
Tal vez me preguntaras por mis hijos
y yo te contaría de sus próximas bodas.
O puede que me dieras un consejo
para que nadie me engañara.
Ya ves que no es así: me han engañado.
Tú supiste bastante del odio y la añoranza,
y no perdono, padre, no puedo perdonarte
que no avisaras antes tu bellísima muerte.

Cuando suena el teléfono a deshora
no es el lechero, sabes, eres tú.
Entonces yo me ducho y lloro solo,
que no es bueno llorar en compañía
de tanta plañidera con oficio
y vocación de mártir. Mañana
veré tus gafas negras, convencido
de que estamos hablando de traiciones
junto a la playa. Cómo está la marea,
qué baja va esta noche la marea,
cuánto me llama el mar y no hay respuesta.


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sábado, 24 de octubre de 2009

poesía al spray: Bárbara Butragueño

Paráfrasis de un post neorrabioso






Yo a la Bárbara que ríe me la creo sólo a medias.

La he visto en otros locales con su sonrisa acordeona,
apoyándose primero en un codo y luego en otro,
jugar con sus deleitosos dientes de leche;
y la he visto
subir luego a los atriles, tomar el micro dramática-
mente ausente de seriedad
y, de pronto (yo no sé cómo explicarlo),

la he visto inmensa, solemne, sacando desde muy adentro
(no de las cuerdas vocales sino de a saber qué sótanos)
una voz perturbadora, dolorosa,
una voz a medias firme y a medias tambaleante,
despaciosa, atropellada, impropia del cuerpecillo
de ese gorrión con sombrero.

Y la he escuchado poemas de identidades sin vértebra,
versos encofrados hechos de escombros y barricadas,
pájaros ardiendo, pastos de cuerpos vacíos, donde
la mujer que sabe reniega de la que siente,
poemas
donde el otro deseado se transforma en unicornio.

Y la he visto bajar luego del atril ovacionada,
y la he vuelto a ver de nuevo sonriente cual una peonza
o sacapuntas,
alegrando y alegrándose, y me he dicho,
me he dicho otra vez: qué miedo, qué miedo me da esta chica,
qué miedo dan los poetas que se van quitando capas
una a una, los que enseñan sus almenas putrefactas,
los que nos detallan todas las fases de su hundimiento.

Qué miedo:
porque a Bárbara, si ríe, me la creo a medias sólo,
sólo a medias, pero en cambio me la creo toda entera
cuando la escucho en sus versos o la tiemblo al recitar.


Hoy. Domingo. 21:00. Bar Malatesta. C/Olmo, 3. Metro Lavapiés. El Tren Vertical. Coordina Alfonso López. Nuevo incendio de Bárbara Butragueño.

Felicidades, amiga.


viernes, 23 de octubre de 2009

desafío

.
Flor abierta.

Descomunal
columna planetaria.

Versión del paraíso
anterior a la vida:
ni tú ni yo existíamos

antes de ser
desnudos uno y otro.

El uno frente al otro.


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jueves, 22 de octubre de 2009

días placenteros

…y caer, como lágrimas del día,
ésas... ¡no volverán!
G. A. Bécquer
Tan placenteros días
no volverán.
Serán otros los juegos,
otros los patinetes, las peonzas,
las carreras de sacos; pero aquellas
tardes que se alargaban,
aquellos sudorosos cuerpos evanescentes
al filo de una noche de verbena,
esos, no volverán.

Ha llegado el invierno y siento el frío:
hoy toca hacer calceta y partir leña
para avivar el fuego. Bailaremos
en torno de las llamas
y sabremos que sí, que ya se han ido
aquellas primaveras:
ésas no volverán, pero nos quedan
otras, quién sabe si mejores.

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miércoles, 21 de octubre de 2009

jugábamos al mus

Son las tres menos cinco.
Tengo miedo.
Alguno pide plaza de maestro.
Salen los duples. Otro
vigila a quién. Un ciego.
En los momentos nada decisivos
ninguno está, no encuentra
nadie nada, ninguno, de sí mismo.
Triples, cuádruples, quíntuples,
ja, treinta y uno,
ja ja ja, je je je,
qué jugada maestra.
Van siete, son las tres
menos cuatro. Tengo. Paso.
Ellos no saben: siempre
les sale juego.

¡Ay amada, qué bella, qué muerte
tan dulce la que ofreces!

martes, 20 de octubre de 2009

callejero, 22: calle de las Tres Cruces

.

Cuando la cruzo
no hay calvario que valga.
Sudarios negros.



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lunes, 19 de octubre de 2009

callejero, 21: calle de la Madera

.
.
Sus ventanales
se llenan de algaradas
y de maderos.


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domingo, 18 de octubre de 2009

callejero, 20: plaza de la Cebada

.
.
Volaban tristes:
volvieron a su jaula
faltos de alpiste.


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sábado, 17 de octubre de 2009

callejero, 19: calle de Válgame Dios

.
.
Su letanía
de noche suena blanca,
negra de día.


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viernes, 16 de octubre de 2009

Sombrero

Lleva una pluma
en el sombrero,
pero no sabe
por qué
lleva sombrero.
Tampoco sabe
por qué lleva
una pluma
en el sombrero.

jueves, 15 de octubre de 2009

sobre poetas y dimisiones

Cuando aprendí a decir
ma-má
me hice poeta.
Cuando escribí
mi primer verso
dimití,
aunque (debo decirlo)
de forma revocable.
Luego seguí
con mis poemas
y acabé dimitiendo
de forma irrevocable. Ahora,
ya lejos del Parnaso,
me siento un escribiente.
y dejo que otros hagan la poesía
o el memo, que hay de todo.



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miércoles, 14 de octubre de 2009

Aitor Antígona, amanuense

No se trata de ladrones ajusticiados en Arabia Saudita ni nada de eso. Aunque es un dato relativamente desconocido, hay multitud de escritores a los que les falta la mano derecha. O el brazo. Están por todas partes. Aitor Antígona, amanuense, tiene bien ganada fama en los círculos de escritores mancos de la ciudad. Escritores, todos ellos, que se precian de ser descendientes del glorioso manco. Escritores noctámbulos y egocéntricos. Caprichosos y dictadores. Anda, niño, que te voy a dictar, espabila –apremia el de esta noche–. Y escribe, hoy con pereza, Aitor Antígona:

-“Las bicicletas son para andar por casa, sólo protestarán si son patines. Las clases de guitarra que las dé otro. El verano es para el otoño. Tú no eres para mí. Las nubes ocultarán tu rostro. El resto serán voces. Los muertos gritan como los vivos. Las bicicletas chirrían y se mueren. La guitarra es un ataúd. Otro tañe sus cuerdas. Las palomas zurean sobre la barandilla. Una vez me asomé a la terraza con ánimo pecador y fue el desprecio, un mirar sin ver, un qué haces tú aquí, me daba miedo y corrí a lavarme la cara, no era una pesadilla, el tren arrancó traqueteando y no salté. No salté, porque los vivos gritan como los muertos. No salté, porque los muertos sólo gritan en ocasiones especiales; y no pensé que aquella fuera una ocasión especial, porque no lo era. Los vecinos son para la primavera, pero por desgracia la primavera no es para los vecinos. Es para los ataúdes la primavera, florecen los almendros, florecen los manzanos y los cipreses manan de las fuentes de nieve. Ni para morir, ni para soñar, ni para vivir, ni para llorar es la primavera. El ala de la gaviota traza su curva obscena. El mar se ha quedado sin olas, sin ahogados, sin algas, huérfano de arena, el mar, huérfano de aroma, el mar, huérfano de espuma. Tu rostro y el resto. Qué mar amargo, amarte. Amanece. Al alba alguien aguarda, armarios activistas acometen ataques anacrónicos, acosa algún arácnido, afloran aguaturmas amarillas, almohadas albergan angustia, almenas armadas, alacenas, al amanecer anidan alucinaciones, ay alma atormentada, aguardo adormecido ante pero para por. Y no salté”. Espera, que si no, no, no. Esto no lo copies – corta el genio volviendo en sí.

–Ya está bien, maestro –dice Aitor–, se me está atragantando con las preposiciones y encima le ha dado un ataque de monovocalismo. Esto no puede ser. Yo, en su lugar, hubiera saltado, si es que eso quiere decir algo. Saltar.

–Ay, mi niño –retoma su soniquete el manopocha–, no me vas a dejar esta noche que duerma contigo, vaquerillo mío, y te ponga una manta que así, desnudito, vas a pasar frío, y una buena almohada, y después le dirás a tu madre que te quiero aumentar la soldada, mira qué plumita, ay, qué resalada cuando resucita.

Aitor, que en verdad estaba desnudo y a ver quién explica eso, hace rápidamente su composición de lugar, me lo dice o me lo cuenta, esto es, escribo, o de verdad quiere dar rienda suelta a su mano izquierda, el mamón este. Antígona no se anda por las ramas, la pluma es lo de menos, total, mañana lo pasaré todo al disco duro, calibra. Tampoco tiene excesivas ganas de seguir escribiendo al dictado. Su reputación como amanuense tiene mucho que ver con esto: enseguida pierde las ganas de escribir y acepta gustoso otras ganancias.

– ¡Aitor, ya estoy aquí! -Grita el manco eufórico–. Al mar, esto es la guerra, viva Lepanto, aguanta, aguanta, ay.

– Qué zurda más artística, maestro –suspira remolón el amanuense–. No quiero ni pensar qué pasaría si no tuviera brazos, ni izquierdo ni derecho.

Exhausto el dictador cae sobre el niño, mi Aitorcito, amanuense, antígona amantísima, ayer, ay, ay, ay, acacias, almazaras, no tienes precio, ángel.


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