sábado, 31 de enero de 2009

colean las colas

Esta noche
estuve haciendo cola nuevamente,
no sé por qué esta vez. Tal vez
por si algún día necesito
realmente hacer cola para comprar condumio,
cosa que no resulta tan descabellada
en estos tiempos de acaparamiento.

Entenderán, espero,
que uno no está ni mucho menos cuerdo
ni en eso que se llama sus cabales,
tendré que confesarles que esto mío
debe tomarse en serio,
es un imperativo categórico
para nunca morir aunque esté muerto.

Después de tanta cola llegué a casa,
encendí un cigarrillo en el umbral,
apagué muchas velas y un incendio,
pensé, rumié, me puse
varios whiskys con soda y cuatro cubos
de hielo en vaso ancho
y luego escribí frases sin sentido
que ahora estoy trascribiendo
una tras otra, por matar el rato.

Al partir un piñón me he vuelto fijo.
Batidoras trituran pelandruscas.
Antípodas tus amplias calicordias.
Nanay de Paraguay, tumba en retumba.
Iza el rizo un erizo desplumado.
Calixto y Melibea en melopea.
Oh Paris, oh Paris, oh la la la.
Me abanico con ristras de merluza.
Esta cesta no tiene más que timbres,

y así,
y hace calor debajo de la manta.
Los raqueros del puerto tricotean,
y salpican gaznápiros sus crestas.
Yo me voy a acostar, hasta mañana,
buscaré alguna cola en que merezca
la pena colearse, como un pez
en el agua o una sardina en lata.

viernes, 30 de enero de 2009

soneto a mí mismo

Me ha tocado en suerte, lo sé,
lo mejor del tiempo y del espacio.
Walt Whitman


Más solo que las dos y que la una,
más solo que la tumba de mi abuela,
más solo que el reflejo de una vela,
más que el lado invisible de la luna.

Más solo que dos huesos de aceituna,
más solo que una estrella sin estela,
más solo que una monja en duermevela,
más que un rico heredero sin fortuna.

Solo. Tan solo estoy que mis espejos
campos diezmados son de una derrota
que ya viene acunándose de lejos.

Habrá que acostumbrarse. Doy la nota
(un si bemol menor) de los vencejos,
da igual que suene mal: nadie lo nota.





jueves, 29 de enero de 2009

dos berzas y un pimiento

Escapé de sus garras:
del quehacer sin sentido,
de las brumas nocturnas,
del cuarto confortable,
de los viejos amigos
con sus charlas de siempre:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Me topé con las sombras
de tejados sin nadie,
con los gatos perdidos
de todos los desastres,
el sudor en las manos,
el musgo en las paredes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Escapé. Fui buscando
cometas en el aire,
dos berzas y un pimiento,
imposibles engarces
de versos polisémicos,
tierra de nadie. Inerte,
todo siguió su rumbo.
Nunca cambió mi suerte.


En las altas esferas
sólo cuentos sin cuento,
almohadas sin cabeza,
pajaritas sin cuello,
brújulas desnortadas
o arcángeles dementes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Escapé para nada.
No encontré en parte alguna
limpios amaneceres
como los que buscaba,
ni mis alondras muertas,
ni mis limones verdes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Cuando me fui no estaba
nada donde debía.
Nada encontré en su sitio
en mi insensato afán.
Y cantaba. Y volaba.
Pero empecé a perderme:
todo sigue su rumbo,
nunca cambia mi suerte.

miércoles, 28 de enero de 2009

saber estar

No sé cuál es mi sitio,
siempre me encuentro fuera de lugar.
Y no es eso lo malo:
el problema es estar y que te miren
sin tan siquiera verte. Uno se mete
en rincones perdidos, inhóspitos a veces,
por llamar la atención, a qué engañarse.
Y no hay manera.

Habrá que diseñar otra estrategia.

martes, 27 de enero de 2009

a la luna de Valencia

Siempre estoy a la luna de Valencia,
pero vivo en Madrid (si es que se entiende
que vivir es pasar por algún sitio)
y me despierto a orillas del Cantábrico,
a veces en Asturias y otras veces
en Lugo, que no está en ninguna orilla.


Así, no me resulta nada fácil
trabajar en Sevilla, donde tengo
mi mesa de despacho (si se entiende
por trabajar tomar café con churros),
o escribir en Bilbao, junto a la ría,
antes de echar la siesta en Salamanca,


o hacer cola en el súper de Albacete
y comer en Logroño (si se entiende
por manducar sentarse en una mesa),
que es algo habitual, por más que acabe
a trancas y barrancas con el postre
para echarme unas copas en Gerona.


Me aturullo con tanta toponimia,
ya me canso de estar quién sabe dónde,
de acostarme contigo (si se entiende
por acostarse echarse en una cama)
en la distancia, en el olvido, lejos
de donde debo estar. No tengo sitio,


siempre me encuentro fuera de lugar.

lunes, 26 de enero de 2009

carpe diem

Precisamente ahora
estoy trazando el rumbo de mi vida.


Ahora, cuando me estalla en la cabeza
toda la petulancia de saberme
vivido siempre atado y bien atado.


Sentado aquí, el gesto adormecido
frente a la taza blanca en que aún humea
esa infusión que tomo cada tarde,
trazo rumbos y escalas.


¡Ay, vana pretensión del astrolabio!


Precisamente ahora
pienso romper los mapas de mi vida.
Prefiero andar a ciegas que al milímetro.

domingo, 25 de enero de 2009

reflexión en la noche

Lo que ha sido vivido
nunca más será arcilla que modele mis manos.


Lo que ha sido vivido no tiene ya futuro:
pudo ser venturoso, pero pasó su tiempo.


Lo que ha sido vivido
no es ya lo que se espera
vivir, como esperaban mis labios a los tuyos,
ni alumbran sus rescoldos las cunetas que ahora
bordean el camino de la nueva aventura.


Lo que ha sido vivido muerto y bien muerto está.

sábado, 24 de enero de 2009

no hay malas compañías (ni buenas)

Ya sé que este camino
tengo que hacerlo a solas. No me importa.


No es la desolación lo que me duele,
sino la indiferencia. La pena de saber
que ha sido todo en vano, que no es hora
de hacer nada sin cálculo.
Me he metido a destiempo
en una larga historia que no es mía.
No me importa:
he visto estrellas en mi corazón.


(Y cuando vuelva, casi de puntillas,
me encontraré de nuevo entre vosotros.
Largo será el abrazo, sin fisuras).

***

viernes, 23 de enero de 2009

ventanas, 3

Paso, y estoy
de paso intermitente
por donde voy.

***

jueves, 22 de enero de 2009

para poder quererte

Alcánzame tus manos.
Y tu boca, que sea también mía.
Préstame tu mirada
(mis ojos no me sirven).
Cuéntame lo que sabes
a gritos o al oído:

sólo cuando penetre
en la raíz de tanto sufrimiento;
sólo cuando comprenda
las razones más hondas de tu miedo;
sólo cuando en mi sueño
sufra las mismas pesadillas negras
que habitan en tu sueño,
entonces, sólo entonces,
me atreveré a decirte que te quiero.

Mientras tanto, seguiré en tu regazo
y beberé tus lágrimas. No tengo
ganas de ser feliz.

miércoles, 21 de enero de 2009

la casa que me habita

Esta es mi casa.
Me lavo en ella todas las mañanas
y a veces quito el polvo
que se va atrincherando en los rincones
o me empolvo yo mismo y estornudo
enredando en los libros de sus estanterías.
En ella tomo
mis caldos, mis verduras, mi estofado de carne,
mis pastillas, y duermo, cuando toca,
en esa cama tan destartalada.


Esta es mi casa.
En ella estuve siempre,
(incluso cuando andaba
buscándome la vida
en los bancos del parque);
la casa que llevaba de mochila
cuando fui a la batalla de Lepanto
a repartir mandobles a moros y cristianos,
la que volvió conmigo ya derrotado y manco,
el refugio perdido
en los mares del sur de mis patrañas,
el osario futuro de mi esqueleto a pelo.


Esta es mi casa,
donde no tengo gatos ni canarios,
ni tortuga siquiera. Sólo
paredes arrugadas,
paraguas que pasean conmigo por la noche,
espejos que se burlan de mí cuando me afeito,
plantas depredadoras que no florecen nunca
pero me besan cuando me ven triste,
guitarras que despiertan mis más bajos instintos
al tocar un acorde menor desaliñado,
cajones destemplados, boinas, copas
dispuestas siempre para cualquier juerga.
Tengo también
un negrito zumbón y muchas hojas
de periódico sueltas, arrugadas
por cualquier titular a tres columnas.


Esta es mi casa,
yo sé que esta es mi casa porque viven
aquí mis personajes,
mi yo, mis heterónimos, mis neuras,
mi chica y mi perrita pequinesa,
mi sombrero y mis trajes,
la cicatriz de todos mis recuerdos,
el lunar de tus besos, la luna de mis sueños,
mis heridas, las marcas de mis venas,
los señuelos del tiempo, mis fantasmas,
aquí viven. Y juegan, y revuelven
con saña los armarios
por mucho que los cierre a cal y canto
(son armarios con cierta mala leche)
una asistenta ya mayor que viene
dos veces por semana,
y eso desde hace siglos, ni se acuerda
si había ya nacido el arquitecto
que diseñó completo el edificio
que, dicen los más viejos, era un hito
para la arquitectura de la época.


Esta es mi casa,
aunque yo no la habito:
ella me habita a mí con sus achaques,
con las continuas crisis pulmonares
de su fontanería,
con sus noches de urgencias y de cristales rotos,
con sus derrames cerebrales y otras derramas
varias (como los partos
múltiples de su comunidad de propietarios);
ella me acosa con su perfil genético
altamente hormonado,
me sorprende en la noche pidiéndome perdón
por esconder las velas cuando se va la luz
(que es algo que sucede con frecuencia),
la tengo todo el día escayolada
y aún así me protesta
y me llena los techos de goteras y grietas.
Me ocupa mucho tiempo esta morada,
ella me habita, sí,
y yo no tengo espacio para tanta vivencia.


Esta es mi casa.
Sé que llegará el tiempo en que habrá que dejarla,
así que hay que empezar a despedirse
de tantos habitantes, y no sé cómo hacerlo.
Me da pena el reloj, el reloj sobre todo,
no he hablado del reloj porque me arriesgo
a dejarme llevar por la nostalgia
de las horas perdidas
(o ganadas, eso nunca se sabe),
un reloj de pared que heredé de mi abuelo
y que nunca dejó de dar las campanadas
claramente a destiempo. Por supuesto,
elevaré una instancia a las autoridades
para que no se olviden
de poner una placa muy cerca de la puerta
que estoy cerrando ahora:
Aquí vivió y murió José Luis Zúñiga,
malogrado poeta.

martes, 20 de enero de 2009

con otros ángeles

Ángel González, in memoriam

Se deshace un acorde entre mis dedos
y me cierran los ojos como si hubiera muerto.

¿Llegará a penetrarme la certeza
de que no estoy aquí, sino en las nubes,
todo y uno flotando con los ángeles?

Escribo mi dolor sin pentagramas:
celeste música.

Tendré que despertar cada mañana.

lunes, 19 de enero de 2009

no procedo de mí

Soy hombre. Mi inmanencia me arrastra confundido
entre la inmensidad de los demás.
Existo. Soy. No hay fuerza que me libre
del cuerpo, de las manos, de los ojos que miran
inquietos pero ciegos, de la boca
que calla las verdades del barquero.
Y nada puedo hacer por remediarlo:
el camino ya está más que trillado,
está ya devastado por hombres y más hombres,
no lo hice yo. Este mundo no es mío,
como tampoco son mías sus palabras.
No puedo decir yo, ni tú, ni él,
ni siquiera vosotros. Sólo queda
el miedo atroz y la vergüenza.
Sólo
la procesión de hormigas hacendosas
en que se han convertido nuestras vidas.

domingo, 18 de enero de 2009

a medias tintas

Hoy todo el día ha sido media tarde.
No un tarde cualquiera:
una tarde de agosto en pleno invierno,
de calor mortecino, soporífero,
aunque sin moscas ni rumor de grillos.
Ha sido todo el día media tarde,
desde al amanecer hasta que bien entrada
la noche he despertado de la siesta.
Por eso hoy, que es domingo, no he ido al cine.
Y lo mismo fue ayer,
sólo que a media noche,
y no era día sábado, sino noche de lunes
que me pasé sentado frente al televisor.
El viernes se me fue
esperando llegar al mediodía,
todo el viernes pasó a media mañana
tomándome un café con un periódico
(me quedé sin comer, es lo que pasa
cuando no pasan horas en el día).
Yo creo que fue el jueves
cuando empezó esta historia extravagante
de vivir a mitad de las jornadas,
porque ahora que recuerdo
el jueves por la tarde sonó el despertador.
Y así será mañana: media mañana, intuyo.
Se me pasa la vida buscando las mitades
que voy dejando a medias día sí y día no.