miércoles, 14 de enero de 2009

hombre

Teníamos entonces,
año más o año menos,
veintisiete ciruelos por delante.
Tú me diste a probar el fruto verde
de tus ojos negrísimos
y quedaron atrás todos los árboles.
Desde entonces te quiero. Desde entonces
soy yo, hombre escrito por ti.

martes, 13 de enero de 2009

mal de altura

A estas alturas, uno
bien pudiera quedarse
tumbado en su sofá
sin más preocupaciones
que mirarse el ombligo
o cazar gamusinos
a gorrazos,

o fijar la mirada
en el techo (aun a riesgo
de ver cómo se extienden
las goteras),

o enchufarse a la tele,
ver el telediario
y oír cómo nos cuentan
la muerte de esa gente,
y ver cómo los matan
o cuánto sube el paro,
mientras piensas

que a ti te va muy bien
(aunque tal complacencia
no acabe de ser cierta,
por supuesto).

Pero cómo decírtelo:
a estas alturas
la altura me da vértigo
y prefiero bajar a pie de calle
después de darte un beso
virgen, simple,
y decirte: hasta luego,
yo no voy a callarme.

No es cuestión de meterse
debajo de la manta
y cerrar la ventana
a cal y canto; pienso
(algo en verdad exótico
en los tiempos que corren,
tan extraños)

que soy un aventado,
que me dan ventoleras,
que no aguanto sentado
tanto daño,

que prefiero estar loco
(o al menos parecerlo
cuando me dé la gana)
a sentir el complejo
de ser un viejo armario
condenado a ser pasto
de polillas.

A estas alturas, uno
(que ya pasó lo suyo)
no puede permitir
dislate tras dislate
sin que nadie lo pague:
por respeto a uno mismo
y a su sombra.

A estas alturas, no,
ya no estoy para bromas.

(Supongo que no es más
que querer estar vivo,
que saber que estás vivo,
que hay muchas causas justas
que perder todavía,
que los amigos siguen
donde siempre,

frente a los enemigos,
y que no, que no es tiempo
de esconder la cabeza
bajo el ala,

es más bien lo contrario,
hay que gritar –¡gritar!–,
que aún nos quedan palabras
que nunca reventaron,
que sé que no dijimos
y no sé si diremos
algún día.)

lunes, 12 de enero de 2009

ventanas, 2

La gallina pone huevos:
esta noche fui gallina
y puse quiero.

domingo, 11 de enero de 2009

el olor de los versos

Poemas que destilan
olor a sol de invierno.
Versos que desparraman su perfume
de forma caprichosa.
Estrofas que de pronto
huelen a cementerio.
Tus dedos cogen, temblorosos,
el papel y la pluma
y no sabes si vas a estornudar
(si eres, como es el caso, alérgico al perfume)
o no, según tengan el día
los fonemas que buscas con ahínco.
¡Achissss…! Jesús. Son tan raros los versos
que a veces uno piensa
en dejarlos morir en el tintero
y tumbarse en el techo envuelto en sus retruécanos.
Pero nunca lo haces.
Qué duro es este oficio de escribir.

sábado, 10 de enero de 2009

es hora de hacer algo

Tengo penas en el alma
que no las mata el licor.
Entre una cosa y otra,
no acabó bien la cosa.
Tú no quisiste
visitar al siquiatra
y yo no quise
salir del manicomio.
Uno por otro, así acabó la historia.

Entre una cosa y otra
se fueron amustiando
en nuestras bocas
palabras pronunciadas
en los momentos
de todas las euforias.
No sé si alguna vez fueron verdad.

Entre una cosa y otra,
fuimos las marionetas
de una comedia
que alguien nos escribió
para este circo
al que ya no se acerca
ni un puto niño a ver a dos payasos.

Entre una cosa y otra
nunca damos la talla:
somos enanos
en un circo sin carpa.
A la intemperie.
Sin trapecio ni red.
Tal vez nunca estuvimos a la altura.

Entre una cosa y otra
nos crecen los enanos,
tan empeñados
en cerrarnos los pasos,
en enfangarnos
en todas las miserias.
Y tan sólo nos queda la botella.

Entre una cosa y otra
se acabaron las copas,
ya tan sólo nos queda esta botella
que voy a descorchar
antes de emborracharme por completo.
Saca los vasos,
es hora de hacer algo.



viernes, 9 de enero de 2009

de rebajas

Es pura fruslería.
Podría haberse comprado una vitola
o una simple tortilla de patatas,
pero tuvo ese antojo
cuando pasó por la verdulería:
se compró un lechuguino.
No estaba mal de precio: unos setenta
kilos, metro ochenta, cien euros.
Le dijeron
que había estado muchísimo más caro,
pero, claro,
no era cuestión de que se desluciera
en el expositor
cosa tan fina, delicada;
una ligera arruga en la corbata
y el zapato derecho deformado
también contribuyeron
a rebajar el precio.
Un lechuguino,
si se sabe usar bien,
puede dar mucho juego.
Más, por ejemplo, que una muñeca hinchable,
o una cabeza loca, o un diente de león,
o una custodia de oro y pedrería.
Vaya, que, bien pensado,
un lechuguino,
eso sí, genuino,
es lo mejor que puede
comprarse en estos días.

¿Lo envuelvo de regalo, caballero?
No, no, qué va, lo llevo puesto.
Y salió tan contento del mercado
el hombre, ya imbuido
en su nuevo papel de hombre dispuesto
a todo. Desde entonces
no hay sarao que se pierda,
ni baile de disfraces que perdone,
ni entrepierna entrevista
que resista
sus maneras gentiles, sus sutiles
envites, ni sello, ni moneda
ni cromo intercambiable
en que no esté acuñado su impoluto perfil.

Y lo cuento tal cual,
por más que piense
que yo estaba mejor en la nevera
en la que me guardó mi última chica
después de aquella fiesta que fue mi perdición.
No acabo de encontrarme
en esta condición de lechuguino errante.

jueves, 8 de enero de 2009

Juegos de palabras

Debemos horadar las madrugadas
para encontrar la luz de anochecida.
Nuestra mortaja
es sólo la crisálida
que renace sin pausa.

Serpiente alada somos, ouroboro
que devora su cuerpo y se vomita.
Nuestro alimento
es nuestro propio cuerpo
desmembrado en el lecho.

Se desgarran los cuerpos fieramente
antes de unirse en cópula perfecta.
Nuestro silencio
sólo augura el comienzo
de otra lucha sin tregua.

No existe juego alguno de palabras
que combine tu cuerpo con el mío.
Nuestro palíndromo
será siempre el silencio
que se muerde la cola.

miércoles, 7 de enero de 2009

jirabiraka (la rueda)

Otra excepción: me parece que este poema traspapelado tiene su sitio aquí.
Ante el tiempo implacable que forjó mis destinos,


prestamista usurero de perdones o gracias,
ante todos los hombres que conmigo corrieron
me declaro vencido.

Hoy he alcanzado a un tiempo la miseria y la luz.
Tantos años corriendo sin descanso ni tregua
para acabar sabiendo sin engaño posible
que no iba a ningún sitio.

Empecé siendo niño: me pusieron la meta
y la asumí sin darme ni tiempo de pensar;
luego seguí, alocado, la jornada a destajo
Y devoraba polvo. Y devoraba sal.

Aquí llegué. Minutos, siglos, segundos: nada.
La cinta de salida, la cinta de llegada...,
eran la misma cinta. Siempre caminé en círculo.
Me declaro vencido. Digo
que he descubierto el pulso de mis entrañas todas
en el preciso, exacto momento en que paraba
el reloj su centésima.

Terrible paradoja que ahora deba
sentarme a descansar.

martes, 6 de enero de 2009

hoja de ruta

No es más que otra derrota
esta aventura que ahora te propongo.
En tus ojos lo atisbo,
como ves tú en lo míos
la sal de tantos mares naufragados.

Dime otra vez que no.

Cuadernos de bitácora
hemos perdido muchos en la vida.
No sé. Nunca tuvimos
el favor de los vientos,
pero tampoco fue tanta la pérdida.

Dime otra vez que no.

Ahora, ya con el tiempo
cargando estas espaldas doloridas,
proyecto nuevos rumbos,
trazo una hoja de ruta
de incierto itinerario, y tú te callas.

Dime otra vez que no.

Ya sé que está la nave
atracada en el puerto, a buen recaudo
de torvos oleajes,
y que este fue tu sueño
desde aquel, ya remoto, primer viaje.

Dime otra vez que no.

Ya sé que no es momento
de dejarse llevar por cualquier pálpito
y eso es lo que te ofrezco,
y tú aprietas los dientes
y te tragas tu propio sacrilegio.

Dime otra vez que no.

Ya sé que no hay historias
que valgan lo que vale ese momento
en que tus labios buscan
con sosiego mis labios
sin tener que escrutar el firmamento.

Dime otra vez que no.

Desventurados piensas
los días que nos quedan. Las mareas
se agitan en tus ojos
con abisal tristeza,
y en los míos son lágrimas ajenas.

Dime otra vez que no.

Dime otra vez que no,
y emprenderé mi viaje solitario:
ya no tengo argumentos,
ya no puedo pedirte
que compartas conmigo más naufragios.

Dime otra vez que no.

lunes, 5 de enero de 2009

cuestión de gramática

¿Y cómo conjugar el verbo
ser
sin agitar
los miedos que pasaron
y que habrán de volver
(eso es seguro)?
¿Pretérito perfecto, subjuntivo,
pluscuamperfecto incluso,
en primera persona del plural?
Si osara
hacerlo ahora, en vano
hubiera sido tanto esfuerzo
por apagar la luz de las palabras,
los rescoldos de cada primavera,
las mareas de todos los veranos,
el celaje que cada otoño viene
a impregnarme con su melancolía,
las altas cumbres preñadas de neveros
que cada invierno sueño.
Sería como hacer
de las cuatro estaciones giratorias
las catorce estaciones del calvario.
No. Prefiero
declinar rosa-rosæ,
aunque tampoco ayude
tal ejercicio de declinaciones
a ahuyentar los fantasmas
hoscos, atolodrados
que ofuscan mi cabeza.
Os conjuro
a no conjugar más:
¡Viva la tabla de multiplicar,
el principio de Arquímedes,
las líneas isobaras,
la mecánica cuántica!
Todo
lo que no sea conjugable
aunque decline un poco.

domingo, 4 de enero de 2009

sobre las colas

Esta excepción, a Blu. No he pododo evitarlo

Esta noche he reventado un cisne
porque ayer hice cola en un bareto.

Fumas un cigarrillo, suena el móvil,
te pones otro whisky,
no ha sido un día de ésos
que recuerdes como algo memorable,
pero te vas de marcha
para ver si la suerte, tan voluble,
deja de ser esquiva.
Y luego, ya se sabe:
no sé si me compensa
pasarme tanta noche haciendo cola
para que luego acaben
tirándome a la cara
un ginger ale con ron.
Me gusta susurrar, y sólo grito.
Quiero sentir un brazo amigo
apoyarse en mi hombro,
dejar pasar la noche entre volutas de humo,
entre conversaciones sobre nada
importante, pero nuestro,
arrancando a jirones nuestras vidas inútiles
y sintiendo que queda alguna huella
de otra piel en mi piel.
Pero me paso el día haciendo colas
y gritando a destiempo.

Y así pasa la vida, y así escribo
estos versos que salieron del alma:
esta noche he reventado un cisne
porque ayer hice cola en un bareto.
Qué le vamos a hacer.

sábado, 3 de enero de 2009

naturaleza muerta

Camina distraído el caminante
bajo este sol de invierno.
Por momentos detiene su andadura,
se inclina y escudriña
un latido levísimo en las ramas
aún teñidas de escarcha en plena luz.

No encuentra nada.

Esta mañana
se despertó dispuesto a plantearse
ciertas cuestiones nimias
en modo alguno exentas de misterio:
¿Por qué muere una flor? ¿Por qué se acaba un día?
¿Por qué ahuyentamos moscas? ¿Por qué nadie
besa en el ascensor a los vecinos?
Por qué, por qué, por qué.

No sabe nada.

Pregunta a un estornino, que alza el vuelo
como si se asustara; le susurra
a una garza dormida, que resulta
ser un gazapo muerto; una tortuga
cierra el caparazón desconfiada.
Y no encuentra respuesta
en la naturaleza muerta de diciembre.

No entiende nada.

Aún no despunta el alba y ya es de noche.
Un enjambre de dudas cartesianas
abruma al caminante.
Cogito, ergo sum. Qué gran mentira.

Somos
lo que soñamos.

viernes, 2 de enero de 2009

sinrazón

Tuve razón un día
por equivocación.
Tener razón es algo
que debiera prohibirse
por decreto.

jueves, 1 de enero de 2009

ventanas, 1

Pasó un año y se fueron
igual que si pasara
un tren de mercancías.