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sábado, 21 de marzo de 2009

segunda dimisión

Dimití de poeta
al comienzo de alguna primavera
hace ya tantos años… Era joven.
Ahora me he dado cuenta
de que nunca lo fui
(quiero decir, poeta). Petulancia
de tal envergadura
no se sostiene ya: soy lo que soy,
un tipo que se escucha y aun pretende
que le escuchen los otros. Algo extraño
en los tiempos que corren, que, por cierto,
no son tan malos tiempos para nada.

La poesía es un arma cargada de ignorancia
y de mucho amor propio.
Ejercer de poeta es cosa fácil,
lo difícil es serlo. Por si acaso,
hoy vuelvo a dimitir.

jueves, 19 de marzo de 2009

árbol genealógico

Los hijos de los hijos de mis hijos
poco sabrán de mí. Ando trepando
por mi árbol genealógico
y es harto complicado alcanzar mis orígenes.
Vengo del paraíso, eso está claro,
y soy un pecador empedernido, tanto
que con frecuencia sufro fuertes cólicos
de manzanas podridas, venenosas.
Es muy probable que acabe en los infiernos
con una hoja de parra.

Los hijos de los hijos de mis hijos
deberán afanarse en rastrear las huellas
de un difunto enterrado en códigos binarios.
Yo tengo el blanco y negro, el color sepia,
ellos no tendrán nada. Y mis cenizas,
ya lo he dejado escrito, serán pasto
de ratas en las alcantarillas de mi pueblo.

Pero esto es tan grotesco…
Los hijos de los hijos de mis hijos
acabarán en el bosón de Higgs,
perdidos en el tiempo, guardianes
de las puertas de Orión. Encadenados.

martes, 17 de marzo de 2009

con todo desaliño, para ella

Tengo un porqué y un no en el cuarto peldaño,
ése que siempre cruje después de los fragores.
Me rechinan los dientes cada vez que detengo
mis pasos justo ahí, todos los días,
cuando voy, cuando vuelvo
y rebusco y no encuentro ningún mensaje tuyo
en la basura llena de noes y porqués.

¿Soy hombre de uñas negras, dentadura de lobo,
torva mirada, abrigo
de forro descosido? Tal vez. En la estación
los trenes siempre pasan de largo cuando espero,
aunque tenga reserva de clase preferente.
Siempre fui así, nunca he engañado a nadie.

Aquel primer encuentro en el cuarto alquilado
donde apartamos bártulos y ahuecamos almohadas,
música celestial. Fuiste primero amable,
tosca enseguida, un tanto displicente después,
finalmente me viste como un bártulo más.
Es el cuarto peldaño el que me cruje,
aunque no hay escaleras ni ascensor en la casa
que me habita después de tantos años.
Sigo guardando mi porqué, mi no,
que será la respuesta a ese mensaje tuyo
que nunca llegará. Hoy me he duchado
y espero con mi rictus que pasen muchas horas
antes de deshacerme de todos los fulgores
que inútilmente escondo para ti, mi gran dama.

viernes, 13 de marzo de 2009

leo en la cama

Hace bastante tiempo que no abro ningún libro.
Leo tu cuerpo y basta. La lectura de cuerpos
proporciona placeres ciertamente carnales,
pero también cultiva el intelecto.
Paso con parsimonia cada página
y en ellas me demoro. Unas hablan de mares
y tesoros ocultos, otras guardan
argumentos que nadie ha imaginado antes.
Hay líneas que pudieran ser de novela negra
y otras que están repletas de aventuras o viajes
a rincones que tienen el blanco de tu blanco
y nada más. No es poco. Yo aprendo a cada instante
texturas que no tienen los papeles,
son texturas de piel en viva carne.
Y me gusta su olor, el olor a librero
de las estanterías de tu cuerpo. A veces
cierro el libro de golpe y te me enfadas,
pero lo más frecuente es que me duerma
con lentitud, sin prisa alguna, entrando
en el sueño contigo y con tus lomos.
Tu cuerpo es un relato interminable.
Y como cualquier cuento de aventuras
de los que frecuentaba antes de ti,
no quiero que se acabe.

martes, 10 de marzo de 2009

el escribiente, una noche

Anda cavilando almohadas.
Ventila alucinaciones.
Los puntos bajo las íes,
parda mordaza.

Esparce ingeniosas trampas
que las palabras esquivan.
Los puntos suenan aparte,
negra coraza.

Nunca se fijó en las ramas
que penetran sus paredes.
Hoy son puntos suspensivos,
gris amenaza.

Esta noche el viento canta
el cantar de los cantares.
En punto suenan los puntos,
ocre tenaza.

Aventura frases vagas,
apuntala algunos tropos,
apunta puntos perdidos,
roja carnaza.

Ya se inquieta, se levanta
de su silla el escribiente;
el punto y coma se esconde,
morada caza.

La mano que flota ahogada
sobre la página en blanco.
Los puntos ya son finales:
blanca mortaja.

lunes, 9 de marzo de 2009

no puedo escribirte

Quiero escribir tu nombre, pero me salen otros
que me suenan a ti sin llegar a ser tuyos.
Los dedos se me enredan al hilvanar vocales
con unas consonantes que no huelen a ti
ni conforman las dulces sílabas que pronuncio
cuando digo ese nombre que no puedo escribir.

Ay, mi doncella amable, ayúdame a nombrarte.
Dar con el nombre exacto de las cosas no es fácil
y el tuyo está en mis manos, tan hermoso y preciso
como el trazo de luz que deslumbra mis ojos
al filtrarse atrevido por la rendija mínima
que anoche nos dejamos al apagar la luz.

Se me pasan las horas tachando nombres vacuos
como aurora, reposo, candil, rosario, huerto,
fortaleza, templanza o abstinencia. Virtudes,
palabras que emborronan la sencilla, sonora,
tremenda infinitud de tu pequeño nombre,
tan pequeño que elude cualquier caligrafía.

Y te nombro en mis sueños, y te nombro despierto.
Pero nunca te escribo. No puedo soportar
tanta impotencia, dime, dime tu nombre, grita,
escríbelo conmigo, para ti y para mí.
Te escribo amor, tu nombre es amable y amante,
lo sé, no estoy muy lejos, pero me faltan eles.

Eles como olivares, eles de adioses y olas,
eles elefantiásicas, eles liliputienses,
eles que vuelen solas, eles sobre tu espalda,
eles aladas, hélices eles verticales.
Y las eles se enroscan como lianas o lunas
que destrozan las bielas del motor de tu nombre.

Tengo un collar de sogas, la soga de tus sílabas
la siento en mi garganta. Más prefiero ser mudo
que ser ágrafo, soga cual nudo corredizo,
nudo gordiano al cuello que acabará asfixiándome
antes de que consiga acertar con el hacha.
Quiero escribir tu nombre y escribo sólo almez.

domingo, 8 de marzo de 2009

en el día de la mujer (trabajadora)

Eso de que haya días de cualquier cosa todos
los días es algo que abomino.
Y, sin embargo, adoro a las mujeres aunque tengan su día.
Pero más, mucho más, cuando no tienen
el día. Una mujer que llora me enternece.

(Ya sé que dicho así suena algo rancio y, desde luego, ajeno al techo de cristal.
Pero escuchen la historia de alto voltaje vejatorio –indigna,
aunque no censurable en los tiempos que corren–
que pudiera escribir cualquier cretino pero la he escrito yo, miren por dónde,
un poco porque sí, porque es muy cierta, y
otro poco tan sólo por llevar la contraria a la estulticia gubernamental).

“Llegó montada
en una Harley-Davis de enorme cilindrada
con enormes espejos. Unas gafas
ocultaban sus ojos almendrados.
El pañuelo que ataba a su barbilla
no era de mercadillo, y el pantalón pitillo
de cuero abrillantado tampoco parecía
ser de segunda mano. Me enamoré al instante.
¿Nos damos una vuelta? Dijo: sí.
Un ruido atronador fue lo primero
que recuerdo de ella. Luego, la lejanía.
O yo me expliqué mal o no pudo escucharme,
porque en vez de una vuelta se dio la media vuelta
y se fue como el sol cuando muere la tarde
envuelta en gases y batir de alas.
El último recuerdo fue el peor:
no me enseñó sus dientes.

Hoy, en mi cotidiano paseo en bicicleta,
me ha atropellado un coche de alta gama.
De su asiento trasero
saltó un mastín que me llenó de besos y de babas.
No pude remediarlo: aunque estaba maltrecho,
malherido, furioso, me enamoré al instante
nuevamente. Esta vez he acertado,
estoy seguro de ello. Siempre he dicho
que más vale buen perro que perrita faldera
en pantalones”.

Lo políticamente correcto no es lo mío, es fácil deducirlo.
Pero insisto: adoro a las mujeres
aunque tengan su día, como el libro o el agua.

sábado, 7 de marzo de 2009

larga vida al rock and roll

Como decía, hay gente para todo.
Y yo soy una de esas personas ambidextras
que por nacer nací fuera de tiempo,
pero no por exceso: por defecto.
Me pasan cosas raras sólo porque llegué
unos segundos antes de sonar la campana.
Por poner un ejemplo: así como hay quien lleva
varios relojes en cada muñeca o calcetines
de colores distintos y chillones
en los pies, yo tengo por costumbre
ponerme cada día dos pares de zapatos
a la vez. Con uno de ellos ando, que es lo suyo.
El otro me lo pongo de sombrero
y me lo quito al paso de una dama.
Son cosas de la edad, seguramente,
de ese estar para todo y para nada
que arrastra cualquier tipo que no vive a su tiempo:
soy un viejo algo excéntrico y chapado a la antigua,
por más que me apasione aceptar a las chicas
una copa en el Honky mientras rompo columnas
y esqueletos (el mío) al excitante ritmo
de una banda de rock a todo trapo.
Esto del rock and roll es lo que tiene,
que te olvidas de todo. Larga vida
tengamos mis zapatos, el rock and roll y yo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Pandora

De la palabra
cuelgan silencios
y caen como podridas
las manzanas.

En la palabra
se ahuecan los rincones
que alojan todo el miedo.

A punto está de abrirse
la caja de los truenos: será entonces
furiosa la palabra
de la bestia dormida.
Y domaré tu nombre en pleno en grito.

martes, 3 de marzo de 2009

bodegón sin búcaro

Una mano en el pecho,
un pecho en la cabeza,
una cabeza entera
mente hueca.

Un dedo sin espinas,
una espina sin rosa,
una rosa furiosa
mente roja.

Una rama en el árbol,
un árbol en la mano,
una mano tan triste
mente seca.

Los perfiles de un bodegón en sombra:
manos, rosas, cabeza, dedo, espina
se alojan descarnada-
mente en ti.

lunes, 2 de marzo de 2009

casi una oración

Cuánto te añoro,
fantasma en vuelo,
veleta loca
que giras a merced de cualquier viento.

Todos mis mares
son trampantojos,
lagar de uvas y sed.

No hay sitio en ti.

domingo, 1 de marzo de 2009

ser nada y tú

Quiero ser ciego y recorrer a tientas
todos tus recovecos, tus heridas,
todos los hospitales de tu cuerpo.

Quiero ser ciego.

Quiero ser mudo y decirte los dedos
que me sobran, las uñas que rebañan
codiciosas los surcos de tu cuerpo.

Quiero ser mudo.

Quiero ser sordo y escuchar sin riesgo
de ahogarme los torrentes de tus venas,
los ecos intangibles de tu cuerpo.

Quiero ser sordo.

Quiero ser ciego, mudo, sordo, nada,
para ser sólo tú y tus circunloquios.
Quiero estar sin estar. Y tengo miedo:

quiero ser tú.

martes, 17 de febrero de 2009

no estoy para nadie

No suelo usar asertos del tipo sobre gustos
no hay nada escrito, o más se perdió en Cuba,
o hay gente para todo, como reza otro de ellos.
Casi siempre confunden, cuando no son sin más
una falacia. Por ejemplo,

que hay gente para todo es un dicho extendido,
pero según se mire es cierto sólo a medias.
También existe gente para nada
que no figura en dichos. Hablando estrictamente,
la gente para todo está siempre dispuesta,
pero yo me barrunto que no es tal la cuestión:
hay gente para todo que a veces te echa un cable
y otras, sin más ni más, la soga al cuello.
La gente para todo habla y habla y no para
de malgastar palabras como humo,
de ésas que nunca sangran.
Este tipo de gente tiene un punto arrogante,
un como aquí estoy yo que resulta cansino
y frustra mucho. Yo no sé si es feliz.

Me gusta más
la gente para nada, de la que (ya lo dije)
no se habla con frecuencia y, sin embargo,
está en el sitio justo y en el momento exacto
casi siempre. Esta noche pasada,
que fue una de esas noches
de pena emborrachada con sabor a formol,
encontré (casi lo tropecé, pues no buscaba)
un vecino de copa que a media voz decía,
salmodiaba,
farfullaba,
babeaba,
repetía:
“no sirvo para nada”. Y miraba un sombrero
que estaba en el extremo de la barra
como si no tuviera mejor cosa que hacer.

Ganas me dieron de irme de aquel antro,
pero uno tiene prontos naturalmente amables
y, venciendo mi innata repugnancia
a esas conversaciones de lengua trabucada
con quien no tengo el gusto (ni tan siquiera
como amigo en facebook, que ya es difícil),
le pregunté angustiado a qué se dedicaba.
“Hago canciones –dijo– y me emborracho”.
“Eso no es poco”, dije por decir yo.
Aquel personajillo me recitó unos versos,
y me contó su vida en carne viva y cierta
y escuchó atentamente mis cuitas rezumadas
en tanta mala leche que ni sé
y me invitó a una ronda que duró todo el día.
Desde ayer por la noche, es mi mejor amigo.

Y ya lo tengo claro: la gente para nada
está cuando hace falta, y está mucho.
La gente para todo, esa que tanto abunda,
no sirve sin embargo para nada,
siempre tan enredada en quererse a sí misma.
¿O tal vez no? ¿Y si estoy confundiendo
el todo con el todos y el nada con el alguien?
Corro hacia el diccionario, tendré que reescribir
de nuevo este poema. O no. Baladronadas.
Hoy no estoy para nadie, me falta todo el mundo.

sábado, 14 de febrero de 2009

becqueriana (rima VII)

Del inmundo bareto apoyado,
con aviesa mirada, en la barra,
insensible, cubierto de lodo,
tocaba la flauta.

Cual arpía acechaba su presa
como acecha al insecto la araña,
esperando paciente el momento
de hacerle la trampa.

Yo me dije: “-¡Dios mío, qué solos
han de estar estos muertos sin alma
ni mayor ambición en la vida
que una flauta y un as en la manga!”

jueves, 12 de febrero de 2009

lamento de un funámbulo

El blanco rebozo de la blanca sábana.
Ya va amaneciendo. Mece la alcancía
su triste lamento cerca de la puerta.
Una desbandada

de pájaros súbita aligera el vuelo
hacia otros rincones. Huyen de nosotros:
no hay en nuestras ramas lugar para trinos.
Cuerpos desplumados

tras el armisticio de una noche en calma,
cuerpos maltratados, lamen sus heridas.
El tuyo y el mío. Tu cuerpo, mi cuerpo,
hilvanan su afán:

convertir la arritmia en compás exacto,
alentar escalas sin ningún anclaje,
subirse a la parra de una frase inhóspita
en noches sonámbulas,

hacer equilibrios en la cuerda floja
que mantiene unidos los vientres hastiados,
sentir en la nuca besos estampados
con una cuchilla,

avivar rescoldos que no serán lumbre,
dar pasos en falso, hablar por hablar,
hacer de la vida un eterno bucle
de usar y tirar.

Tensa bien la cuerda. Ya no hay nada.

domingo, 8 de febrero de 2009

ya te vale

Ir contigo al mercado
es como pasear
por los Campos Elíseos.
Compras dos bogavantes
(esos bichos que luego regalas al portero)
y mientras buscas cambio preguntas al tendero
por sus hijos. La cosa tiene mérito.

Si en verdad paseáramos por los Campos Elíseos
o la rue Tivolí –oh, Paris c’est Paris!–
seguro que comprabas un sombrero
exclusivo, carísimo, de fieltro
con diamante incrustado estilo Louis Vuitton.
Y eso me gusta menos. Me apasiona
ir contigo al mercado, ya te vale.

domingo, 1 de febrero de 2009

soneto a mí mismo / y 2

Estoy enamorado de mí mismo,hay tantas cosas
en mí tan deliciosas…
Walt Whitman
Me gusta dar la nota. No comprendo
cómo pude escribir ayer un canto
que acabó siendo un himno al desencanto,
un manifiesto inicuo, un vil remiendo.

Fue todo un desatino. No lo entiendo.
No estoy triste ni solo, tengo encanto,
doy cuanto soy, pero recibo tanto
que me paso la vida recibiendo.

Y una tarde de enero, enfurruñado,
me da por perpetrar un sonetucho
totalmente anacrónico, esquinado.

No me puedo quejar, soy más bien ducho
en el arte de amar y ser amado.
Es la pura verdad: me quiero mucho.

sábado, 31 de enero de 2009

colean las colas

Esta noche
estuve haciendo cola nuevamente,
no sé por qué esta vez. Tal vez
por si algún día necesito
realmente hacer cola para comprar condumio,
cosa que no resulta tan descabellada
en estos tiempos de acaparamiento.

Entenderán, espero,
que uno no está ni mucho menos cuerdo
ni en eso que se llama sus cabales,
tendré que confesarles que esto mío
debe tomarse en serio,
es un imperativo categórico
para nunca morir aunque esté muerto.

Después de tanta cola llegué a casa,
encendí un cigarrillo en el umbral,
apagué muchas velas y un incendio,
pensé, rumié, me puse
varios whiskys con soda y cuatro cubos
de hielo en vaso ancho
y luego escribí frases sin sentido
que ahora estoy trascribiendo
una tras otra, por matar el rato.

Al partir un piñón me he vuelto fijo.
Batidoras trituran pelandruscas.
Antípodas tus amplias calicordias.
Nanay de Paraguay, tumba en retumba.
Iza el rizo un erizo desplumado.
Calixto y Melibea en melopea.
Oh Paris, oh Paris, oh la la la.
Me abanico con ristras de merluza.
Esta cesta no tiene más que timbres,

y así,
y hace calor debajo de la manta.
Los raqueros del puerto tricotean,
y salpican gaznápiros sus crestas.
Yo me voy a acostar, hasta mañana,
buscaré alguna cola en que merezca
la pena colearse, como un pez
en el agua o una sardina en lata.

viernes, 30 de enero de 2009

soneto a mí mismo

Me ha tocado en suerte, lo sé,
lo mejor del tiempo y del espacio.
Walt Whitman


Más solo que las dos y que la una,
más solo que la tumba de mi abuela,
más solo que el reflejo de una vela,
más que el lado invisible de la luna.

Más solo que dos huesos de aceituna,
más solo que una estrella sin estela,
más solo que una monja en duermevela,
más que un rico heredero sin fortuna.

Solo. Tan solo estoy que mis espejos
campos diezmados son de una derrota
que ya viene acunándose de lejos.

Habrá que acostumbrarse. Doy la nota
(un si bemol menor) de los vencejos,
da igual que suene mal: nadie lo nota.





jueves, 29 de enero de 2009

dos berzas y un pimiento

Escapé de sus garras:
del quehacer sin sentido,
de las brumas nocturnas,
del cuarto confortable,
de los viejos amigos
con sus charlas de siempre:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Me topé con las sombras
de tejados sin nadie,
con los gatos perdidos
de todos los desastres,
el sudor en las manos,
el musgo en las paredes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Escapé. Fui buscando
cometas en el aire,
dos berzas y un pimiento,
imposibles engarces
de versos polisémicos,
tierra de nadie. Inerte,
todo siguió su rumbo.
Nunca cambió mi suerte.


En las altas esferas
sólo cuentos sin cuento,
almohadas sin cabeza,
pajaritas sin cuello,
brújulas desnortadas
o arcángeles dementes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Escapé para nada.
No encontré en parte alguna
limpios amaneceres
como los que buscaba,
ni mis alondras muertas,
ni mis limones verdes:
todo siguió su rumbo,
nunca cambió mi suerte.


Cuando me fui no estaba
nada donde debía.
Nada encontré en su sitio
en mi insensato afán.
Y cantaba. Y volaba.
Pero empecé a perderme:
todo sigue su rumbo,
nunca cambia mi suerte.